Del bisturà abierto a intervenciones más precisas, seguras y menos invasivas
Hay una escena que resume bien el momento que vive la cirugía en México: un médico, sentado frente a una consola, mueve las manos como si dirigiera una orquesta y, al otro lado, dentro del paciente, unos brazos robóticos repiten cada gesto con una exactitud que ningún pulso humano podría sostener durante horas. Esa escena, hoy, ya no es excepcional.
Para entender cómo llegamos hasta ahí —y hacia dónde se dirige esta tecnología—, conversamos con el Dr. Juan Carlos Valle Cuna, cirujano que ha vivido, con las manos puestas, cada una de las transiciones de esta historia. Se nota de inmediato que disfruta lo que hace: habla de nudos, simuladores y técnica con el mismo entusiasmo con el que otros hablarían de un pasatiempo.
Del bisturí abierto a la consola
El Dr. Valle Cuna es cirujano general, egresado de la UNAM, donde cursó tanto la carrera como la especialidad. Se formó en los hospitales de mayor volumen de la Secretaría de Salud de la Ciudad de México —Xoco, Balbuena y Rubén Leñero—, ese tipo de lugares donde un cirujano joven aprende rápido porque no hay de otra: apendicitis, vesícula, hernias y también trauma; casos que llegan sin previo aviso y no dan tiempo para dudar. Diez años entre la medicina general y la especialidad terminaron de definir su mano para la cirugía abierta.
A partir de ahí, siguió un camino que muchos cirujanos de su generación reconocerán: primero la laparoscopía y después la robótica, con entrenamiento en el Hospital Ángeles Lomas. Hoy ejerce en la práctica privada del Hospital Ángeles Metropolitano y su nombre está ligado al Consejo Mexicano de Cirugía General, al Colegio de Especialistas en Cirugía General de la Ciudad de México, a la Sociedad Médica Ángeles Roma y a GASTROCLINIK.
Pocas veces algo tan asociado hoy con la medicina de vanguardia tuvo un origen tan inesperado. La cirugía robótica nació, en parte, de la investigación militar: a finales de los años ochenta, el Instituto de Investigación de Stanford desarrolló, bajo contrato con el Ejército de Estados Unidos, un sistema pensado para operar a distancia a personas heridas en el campo de batalla. De esa semilla surgió, ya en el terreno civil, Intuitive Surgical, fundada en 1995. Cuatro años después, lanzó el sistema da Vinci y, en el año 2000, este se convirtió en el primer sistema robótico aprobado por la FDA para cirugía general.
Durante casi veinte años, esa fue prácticamente la única puerta de entrada a la robótica quirúrgica: una sola compañía, una única tecnología patentada y un costo que mantenía esta técnica lejos del alcance de la mayoría de los hospitales.
Lo que cambió el panorama —y lo que el propio Dr. Valle Cuna señala como el verdadero motor de la expansión que hoy vemos en México— fue la expiración de esas patentes, que abrió la cancha a nuevos jugadores, como CMR Surgical, con su sistema Versius, y Medtronic.
Es, en el fondo, una historia de democratización tecnológica: la misma técnica que hace quince años solo existía en un puñado de hospitales de élite hoy empieza a asomarse en instituciones públicas.
A partir de esa experiencia, conversamos con él para nuestra sección Voces de la Industria, en una charla a fondo sobre su trayectoria, la evolución de la técnica y el rumbo que está tomando la especialidad.
¿Qué fue lo que te llevó a especializarte primero en laparoscopía y después en robótica?
JCVC: Cuando empezaba, en la cirugía abierta no había mucho margen para pensar en la recuperación del paciente más allá de lo inevitable. Pero ya existía la laparoscopía y se empezaba a observar algo evidente: los pacientes se recuperaban muchísimo más rápido, sangraban menos, sentían menos dolor posquirúrgico y requerían menos incapacidad.
Además, aunque no aplica a todas las cirugías, había un componente estético importante al no tener que abrir la pared abdominal.
Fue esa recuperación oportuna la que me motivó a entrenarme en laparoscopía, sumada a una ventaja técnica: la visión aumentada. Una estructura de tres milímetros se ve como si midiera treinta, una magnificación que te permite identificar estructuras mucho más pequeñas y obtener mejores resultados para el paciente.
¿Y qué tan presente has visto la cirugía robótica en México?
JCVC: El salto a la robótica fue casi natural. Las incisiones se redujeron todavía más: de los diez o doce milímetros habituales en laparoscopía a apenas seis.
Además, la lente robótica ofrece algo que la laparoscópica no puede: visión tridimensional, no bidimensional. Es prácticamente como hacer cirugía abierta, pero con mínima invasión.
Eso se traduce en menos dolor posoperatorio, menos sangrado —incluso en comparación con la laparoscopía—, menor riesgo de infecciones y una recuperación más rápida. Las pinzas, además, dejaron de ser rectas: en la robótica son articuladas y tienen libertad total de movimiento, lo que hace la disección mucho más precisa.
Hay algo más: la consola elimina por completo el temblor fino que cualquier cirujano puede tener, sobre todo durante cirugías largas. De esta manera, el cansancio no se traduce en una falla en el movimiento de la mano.
¿Qué fue lo que más te sorprendió la primera vez que operaste con el sistema robótico?
JCVC: El grado de precisión con el que puedes hacer los movimientos. La laparoscopía te limita a movimientos de noventa grados, mientras que aquí puedes realizar movimientos de trescientos sesenta grados.
Eso me permitía suturar en un espacio muy reducido, de unos cuatro centímetros, con la misma naturalidad que en una cirugía abierta.
En procedimientos largos y complejos —una resección intestinal o la revisión de una funduplicatura que falló—, operar sentado y con el equipo en una posición más cómoda cambia por completo la experiencia del quirófano. Además, el paciente se reincorpora a su vida normal en dos o tres días, un margen muy distinto al de la laparoscopía.
¿Por qué crees que ahora muchos más hospitales tienen esta tecnología?
JCVC: Yo creo que tiene mucho que ver con que terminó la exclusividad de la licencia. Antes, solamente una compañía la tenía; ahora ya son varias las que pueden ofrecer esta tecnología, lo que permitió que más jugadores entraran al mercado.
Eso, combinado con los resultados clínicos que los hospitales privados empezaron a documentar —menor estancia hospitalaria y menor consumo de recursos—, permitió que las instituciones públicas también comenzaran a capacitar cirujanos.
Un ejemplo: una colecistectomía que en cirugía abierta implicaba siete días de hospitalización se redujo a tres con la laparoscopía y, con la robótica, baja a uno o dos días. Esto redujo mucho los costos para las instituciones.
Ese punto de los costos operativos parece central. ¿Qué tanto pesa en la decisión de un hospital?
JCVC: Muchísimo.
El periodo que un paciente pasa hospitalizado es el que más gasto genera para una institución: instalaciones, personal, medicamentos… Todo va escalando con cada día adicional. Cuanto más rápido se recupere el paciente, menos días ocupa una cama y el costo se reduce de manera directa.
La evidencia académica, sin embargo, respalda parcialmente esta lectura. Una revisión especializada confirma que los pacientes sometidos a cirugía robótica suelen tener hospitalizaciones más cortas que aquellos que pasan por una cirugía abierta, lo que reduce costos y libera recursos.
No obstante, una revisión mexicana de 2025 es más cauta: señala que la evidencia sobre la costo-efectividad total —más allá del caso individual— sigue siendo limitada y que el costo de adquisición y mantenimiento del equipo continúa siendo la principal barrera para su adopción masiva.
En México, esa barrera se ha ido reduciendo: el ISSSTE pasó de un robot a seis unidades da Vinci para ampliar el acceso a 3.5 millones de derechohabientes; el Estado de México integró el sistema Versius a su red pública y, en el sector privado, el Grupo Dalinde-San Ángel Inn construyó el programa de robótica más activo entre los hospitales privados del país.
¿Cómo te mantienes actualizado en un campo que cambia tan rápido?
JCVC: Las certificaciones de marca no son un entrenamiento como tal, porque las marcas no te capacitan, sino que avalan que estás preparado para utilizar cierta consola. La actualización real depende de cada médico.
En mi caso, consulto constantemente publicaciones de portales especializados en salud y asisto a prácticamente todos los congresos regionales e internacionales de endoscopia y gastroenterología, con el objetivo de comprender mejor los procesos inflamatorios.
Cada tres a cinco años se actualizan los lineamientos fundamentales, por lo que vuelvo a revisarlos y complemento esa información con artículos recientes publicados en distintos idiomas. Aunque no domino el francés, puedo consultar sin dificultad contenidos en español e inglés.
¿Y, en la práctica, cómo es ese entrenamiento?
JCVC: Hay centros de capacitación en cirugía robótica, endoscópica y laparoscópica donde prácticamente haces gimnasio: practicas distintas formas de hacer nudos y diferentes métodos de trabajo.
Hace poco tomé un curso de cirugía de puertos reducidos, en el que se opera con ganchos e incluso con imanes, en lugar de realizar más incisiones.
En robótica, el proceso es progresivo: primero debes entender cómo funciona el sistema; después pasas a la simulación en plataformas virtuales y, posteriormente, a los ejercicios físicos en lo que llamamos “la tortuga” —una caja de entrenamiento laparoscópico—, haciendo suturas hacia arriba, hacia abajo y a distintos niveles.
Uno de los ejercicios más conocidos consiste en tomar una uva y, con las pinzas laparoscópicas, quitarle toda la piel sin romperla. Este, personalmente, me parece el más divertido.
También hay variantes con piezas de pollo, en las que se debe despegar el músculo del hueso sin destruirlo, como si se tratara de una disección quirúrgica perfecta.
En Japón, por ejemplo, hacen algo todavía más curioso: origami con las pinzas robóticas, formando figuras como una grulla. Aquí no se practica, pero da una idea de hasta dónde se puede llevar la destreza.
¿Qué tanto influye ese esfuerzo en el respaldo institucional que recibe un cirujano?
JCVC: Bastante.
Que un hospital como Ángeles o Dalinde te abra las puertas y te integre a su staff es un reconocimiento: significa que confían en que ofrecerás atención de calidad a los pacientes que te refieran. No es algo que se otorgue automáticamente; hay que trabajarlo y demostrarlo constantemente.
En el sector público es distinto: ahí eres servidor público y no tienes el mismo tipo de respaldo institucional directo. Es un trabajo más cercano a lo altruista, donde la recompensa es otra: que el paciente regrese o que otras personas lleguen por recomendación de boca en boca.
Para cerrar, hablemos del futuro. ¿Qué es lo que más te emociona de hacia dónde va esta tecnología?
JCVC: La posibilidad de operar a distancia.
Que yo pueda estar en la Ciudad de México y mi paciente se encuentre en Monterrey, o incluso en otro país, y pueda operarlo de manera remota.
Ya hay demostraciones de ello e incluso se menciona, medio en broma, el ejemplo de un cirujano que se conecta brevemente desde una boda para operar. Lo que todavía no se resuelve del todo es la sincronización: existe un desfase, medido en milisegundos, entre el movimiento de mi mano y la respuesta del brazo robótico al otro lado. En un movimiento quirúrgico preciso, esos milisegundos pueden ser críticos.
Si bien ya existe un caso documentado de telecirugía real entre Roma y Pekín, con 135 milisegundos de latencia mediante redes 5G y fibra óptica, esa cifra sirve como referencia frente al margen que describe el doctor y confirma que el reto de la sincronización es real y continúa activo en la investigación actual.
¿Te ha tocado ver resistencia entre colegas o estudiantes hacia esta tecnología?
JCVC: Sí, todavía existe esa reticencia, sobre todo entre los cirujanos con una formación más tradicional. Entre las generaciones nuevas casi no la veo, porque ya nacieron en un mundo tecnológico y lo consideran algo normal.
Pero a los cirujanos consolidados les cuesta más y, muchas veces, no es por incapacidad, sino por miedo a ser criticados o expuestos frente a otros.
Mi mensaje para ellos es que este es un mundo que seguirá cambiando y hay que adaptarse. El freno, creo, nunca fue tecnológico; siempre ha sido humano.
¿Qué le dirías a alguien que ve la cirugía robótica como una amenaza y no como una oportunidad?
JCVC: Que cualquier intervención quirúrgica busca ser tan limpia y poco traumática como sea posible, y hoy la robótica ofrece justamente eso: recuperación más rápida, incisiones más pequeñas, menos dolor posquirúrgico, una mejor visión de los órganos y mayor precisión durante toda la cirugía.
Es cierto que, de manera particular, todavía resulta más costosa, pero para quien cuenta con un seguro de gastos médicos mayores esa barrera prácticamente desaparece. La cirugía robótica es una forma innovadora y segura de operar: no viene a reemplazar al cirujano, sino a apoyarlo.
Agradecemos al Dr. Juan Carlos Valle Cuna por abrirnos las puertas de su consultorio y compartir, con la misma pasión con la que atiende a sus pacientes, el camino que lo llevó del bisturí abierto a la consola robótica.
Conversaciones como esta son las que le dan rostro a una industria que, más allá de la tecnología, sigue estando hecha de personas dedicadas a mejorar la vida de sus pacientes.
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